Hay una historia que un gran amigo me contó hace tiempo. Este hombre tiene 43 años, y en esa corta edad ha consumido más sensaciones mundanas que cualquier otra persona. Ha viajado a América, a oriente, y a muchos otros países del tercer mundo. Se ha codeado con personalidades y ha trabajado en diversos puestos elevados a categoría de elite; su currículum en ese aspecto es impresionante: fue guardaespaldas de ministros, famosos del mundo del arte y la fama, y de gente conocida desde honrados personajes como humanistas notables, hasta cerdos oligárquicos, como las esposas un infame príncipe árabe feudalista del neocolonialismo. También estuvo en las fuerzas armadas del ejército, y su instrucción marcial, de impresionante nivel le congració a pertenecer a la brigada de paracaidistas de las fuerzas especiales. Su honradez, pese a tener trabajos a veces buenos, a veces no tan buenos, nunca decayó:
La historia se sitúa en plena guerra civil salvadoreña. A finales de los 80, con fusil en mano y apenas 20 años en el cuerpo, un joven a veces lúcido a veces imprudente espera en mitad de una gélida noche a entrar en la capital, en lancha motorizada. No pueden tener luces encendidas, ni pueden hacer ruido. El pelotón lo componen apenas una docena de hombres, y sólo tienen una misión: sacar a 40 españoles de la embajada en San Salvador, sin entrar en conflicto, sin apretar el gatillo.
Amanece cuando desembarcan y se internan en las calles de la ciudad derruida, de una ciudad fantasma. El espectáculo que contempla es dantesco: “Hombre, mujeres, ancianos y hasta niños, algunos degollados, otros despedazados y mutilados… Habían cadáveres de infantes arrastrados por cuerdas, siendo despellejados por el asfalto”. Un mar de cientos de ojos mirando al vacío. Se mueve con sus compañeros, al mando de su superior, con las venas calientes aun, hasta el barrio de las embajadas y al final de la calle la ven. Está llena de tiros, con tablas puestas obturando las ventanas y puertas; se ve que han intentado entrar. Entonces ocurre algo de película: “Un convoy se acercó por una calle transversal y nos obligó a refugiarnos en una casa llena de escombros. La única luz que entraba era la del sol del amanecer por las tablillas puestas en las ventanas. Un frío del cagarse… temblando hasta las rodillas y tirados en el suelo sin hacer ningún ruido; nosotros no estábamos allí para matar a nadie, sino para sacar a gente con vida… obviamente, si nos descubrían, íbamos a palmar unos cuantos. Entonces se paró justo frente a la puerta de la casa. Se pusieron a hablar en su dialecto local y parecían que no se iban nunca. No sé si estaban desayunando, o descansando, o qué se yo, pero con los nervios a flor de piel nos tuvieron hasta que decidieron irse los hijoputas”.
Al llegar a la embajada encontraron a unas 40 personas allí. Gente de todas las edades, españoles algunos, salvadoreños otros, pobres refugiados. Estas palabras no las olvidaré: “Encontramos a un hombre, catatónico, en una esquina. Era alguien importante en la embajada, no me acuerdo que era exactamente, pero le habían fusilado a la mujer y a la hija delante de sus ojos.” También había unas monjas misioneras, y se les comunicó que debían salir a tomar el helicóptero que los llevaría a España. “Había una guapísima, joven, de mi edad por aquel entonces.” Dice, y mira al techo “pero guapísima que era… y aun así se quedaron por fe, para ayudar a los del Salvador, porque según ellas Dios las había puesto allí por eso”. Después, con la actitud que le caracteriza comenta: “Obviamente eso es una mierda muy grande… eso de quedarse allí, por esa loca idea fanática… pero de todas formas me pareció admirable; una cosa no quita la otra…”, me espanto cuando comenta como el que habla de cualquier otra nimiedad “Probablemente hubieran sido fusiladas”.
Este mundo siempre fue así… lleno de canallas, de miseria, de hambre, de horrores, de dantescas guerras y epidemias… sigue siendo el mismo. Ahora, está sencillamente más exponenciado. Y más aun, después del nuevo orden mundial instaurado tras la guerra fría, que ha propiciado las dictaduras, las masacres de pueblos enteros de Sudamérica por haberse topado con las míseras comodidades del imperio, de EEUU. Esto, sumado a la caída del muro, y por consiguiente, a la instauración de un modelo de relaciones internacionales de chiste, se está congraciando las irregularidades de un mundo que no conoce la ética y la moral universal, y que no reconoce lo legítimo y lo ilegítimo, llevando a más las guerras preventivas contra el terrorismo justificado por un miedo que no debemos tener, y haciendo de este mundo globalizado el espectáculo de horror más execrable de toda la historia de la humanidad … y la gente no se da cuenta. No puedo aguantarme: quiero pensar en que no, pero soy demasiado realista: la gente es ignorante porque lo elige. En este mundo occidental existe información a mansalva… nadie lee, nadie contempla… nadie conoce ni quiere conocer, lo que hay detrás de sus comodidades.
Sudamérica… el patio trasero de los Estados Unidos.
Una pena.
Ángel.